Desaparecen oportunidades de estudios universitarios

Por Devin Nordberg
Septiembre 2004

Imagínese un aula con 50 estudiantes. Ninguno de ellos llegó al 100 por ciento de las respuestas. Uno de ellos contestó el 85 por ciento. Dos respondieron al 85 por ciento. Y los otros 36 reprobaron. Una clase así haría que todo lo que se dice sobre "el fracaso escolar" sea poco.

Tristemente, esos desastrosos resultados son los que realmente se ven en los 50 estados, basados en la posibilidad de acceso a colegios y universidades, en un estudio recientemente publicado por el Centro Nacional de Políticas Públicas y Educación Superior (National Center for Public Policy and Higher Education).

No es necesario explicarles a los alumnos universitarios cuán difícil es obtener el dinero para ir a la universidad. Ellos ya lo saben penosamente bien. Considere estas estadísticas:

En los últimos ocho años, la deuda de un estudiante graduado se ha más que duplicado y ahora supera los $17.000 dólares.

En 1970, el 80 por ciento de la ayuda estudiantil que daba el gobierno eran subsidios, y el 20 por ciento, préstamos. En 1995, un 20 por ciento eran subsidios, y el 80 por ciento préstamos.

Para acceder a la educación superior, el dinero, y no el rendimiento académico, es el factor más importantes. Alumnos de bajo rendimiento pero de familias acaudaladas van a la universidad en el mismo porcentaje que alumnos de alto rendimiento pero de familias pobres.

Como los aranceles universitarios subieron otro 9 por ciento este año, la situación está empeorando rápidamente.

El costo prohibitivo de la educación superior es una burla a la idea de que Estados Unidos es la tierra de las oportunidades, especialmente porque el tener un título universitario determina los ingresos personales más que nunca antes. Según el Instituto de Política Económica, el salario real de las personas sin título universitario bajó casi un 20 por ciento desde 1973. Los salarios de quienes estudiaron cuatro años en la universidad, siguen iguales. Y solamente subieron los ingresos de quienes tienen maestría o doctorado. Como el costo de los servicios médicos es cada vez mayor, y los empleados reciben cada vez menos beneficios, la situación es peor de lo que las estadísticas indican.

Si el tener buenos ingresos depende de una educación universitaria cada vez más cara, entonces los estudiantes que van a la universidad sufren destructivas consecuencias, porque la deuda que tienen para pagar los estudios limita su libertad. Cuando uno tiene deudas, siente la presión de buscar trabajos con salarios altos. Mucha gente que quisiera trabajar en programas de servicio social o en organizaciones comunitarias no lo hace porque tiene que pagar sus deudas.

Al terminar mis estudios, yo debía $16.000. Dejé entonces de buscar trabajo en el sector del medio ambiente, porque no paga lo sufiente como para pagar cada mes la hipoteca y el préstamo estudiantil. Muchas organizaciones sin fines de lucro padecen este fenómeno. A la vez, las corporaciones controlan a las personas que depeden de altos ingresos sólo para pagar deudas.

Y también todos perdemos en otros aspectos. ¿Quién puede decir cuántos grandes escritores, artistas o músicos nunca podrán compartir sus obras porque estab tan endeudados que no podían dedicarse a su arte?

En parte por el aumento de las deudas, en Estados Unidos se trabaja 200 horas más al año que en 1970. Con un número similar menor de horas libres, ya no hay tanto tiempo para programas comunitarios. La salud sufre, los padres cocinan cada vez menos, y se consume más comida chatarra.

Estados Unidos se enorgullece de tener una cultura innovadora, pero ninguno de aquellos que dependen del cheque quincenal para sobrevivir llegan a ser empresarios o inventores. El destinar tan poco dinero a la educación superior como se hace ahora no tiene en cuenta el futuro y disminuye la prosperidad de todos.

Tristemente, los estudiantes universitarios deben trabajar más horas que nunca antes mientras están estudiando para no acumular tantas deudas. Pero en el proceso pierden su energía y su idealismo. Muchos de mis estudiantes duermen tan poco que ya no pueden ir a clases o completar las tareas.

En la década pasada, algunas personas nacidas hace unos 50 años se dedicaron a la llamada "simplicidad voluntaria". Al trabajar por menos dinero, podían dedicarse a actividades que les daban satisfacción personal. Y al estar menos horas en el trabajo, tenían más tiempo con la familia o como voluntarios en organizaciones comunitarias, y gozaban de mejor salud. Pero estas opciones solamente son posibles para los que no tienen deudas.

Tenemos que motivar a la gente de escasos recursos para que vayan a la universidad. Y no porque seamos "buenos", sino porque es una inversión en nuestro futuro colectivo. Si queremos que todos nuestros ciudadanos tengan la oportunidad de mejorarse a ellos mismos y a la sociedad, entonces tenemos que pensar en la educación universitaria como una inversión social, no como un gasto individual, y comenzar a darle los fondos que la educación universitaria necesita.

Devin Nordberg es un consejero académico en la Universidad de Colorado en Boulder, y un voluntario con ReclaimDemocracy.org, una organización sin fines de lucro trabajando para devolverle a los ciudadanos la autoridad sobre las corporaciones.

Traducción por Francisco Miraval y Project Vision 21. Denver, CO: newsandservices.com

© 2004 Devin Nordberg and ReclaimDemocracy.org

This article available in English as "Opportunity Lost: Loss of Affordable Higher Education Hurts Us All"

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